En 1692, un oscuro capítulo se escribió en la historia de la joven América colonial. En el puritano pueblo de Salem, Massachusetts, comenzaron los juicios por brujería más infames de la historia occidental. Y todo, dicen, empezó con una mujer esclavizada: Tituba.
¿Quién era Tituba?
Tituba era una esclava de origen incierto —posiblemente indígena arawak de Sudamérica o africana caribeña— traída desde Barbados a las colonias del norte por el reverendo Samuel Parris. Vivía en su casa, trabajaba como sirvienta, cocinera y cuidadora de sus hijos.
Con su piel oscura, su acento extranjero y sus costumbres ajenas al rigor puritano, Tituba era vista como una figura extraña. Pero su verdadera singularidad residía en algo más inquietante para los habitantes de Salem: sabía contar historias.
Cuentos prohibidos
Durante las frías noches de invierno, Tituba entretenía a las niñas del pueblo —entre ellas Betty Parris (9 años) y su prima Abigail Williams (11)— con relatos populares del Caribe, leyendas de espíritus, adivinaciones y hechizos. Hablaba de cómo leer el futuro en las claras de huevo, de pactos con seres del más allá, de magia buena y mala. En un entorno donde la Biblia era el único libro permitido, aquellas historias eran una puerta abierta al escándalo.
Lo que para Tituba eran simples cuentos o supersticiones heredadas de su cultura, para las niñas fue un descubrimiento tan fascinante como peligroso. Poco después, comenzaron a comportarse de forma extraña: gritaban, convulsionaban, señalaban a enemigos invisibles. Los médicos, incapaces de explicar sus síntomas, culparon a “fuerzas sobrenaturales”.
Acusada de brujería
Bajo presión, las niñas acusaron a Tituba de haberlas embrujado. Fue arrestada junto a otras dos mujeres marginales del pueblo: Sarah Good y Sarah Osborne.
Y entonces ocurrió algo inesperado: Tituba confesó. Pero no fue una confesión cualquiera. Dijo haber visto al Diablo, a animales demoníacos, a otras brujas conspirando para corromper Salem. Aseguró que no actuaba sola, que había un aquelarre entre los vecinos. Su testimonio provocó el efecto de una chispa en un campo seco.
¿Por qué confesó?
Hay muchas teorías. Algunos historiadores creen que fue golpeada o amenazada hasta que aceptó decir lo que querían oír. Otros sugieren que Tituba, astuta, entendió que confesar era su única salvación, ya que los que negaban las acusaciones solían terminar ahorcados. Su confesión sirvió para alimentar el miedo colectivo: ahora había una red oculta de brujas entre ellos.
Paradójicamente, Tituba nunca fue ejecutada. Pasó más de un año en la cárcel y fue liberada cuando un desconocido pagó su fianza. Después, desapareció de los registros.
¿Una bruja real?
No hay pruebas de que Tituba practicara brujería real. Lo más probable es que sus «hechizos» fuesen simples rituales populares del Caribe: mezclar hierbas, leer el futuro, o contar cuentos sobre espíritus y magia como parte de su herencia cultural. Pero para los puritanos, cualquier cosa que no viniera de la Biblia podía ser obra del Diablo.
El legado de Tituba
Con el paso de los siglos, Tituba se convirtió en un símbolo trágico: mujer, esclava, extranjera, acusada por niñas que la adoraban y temían. En obras como Las brujas de Salem de Arthur Miller o en ensayos feministas y postcoloniales, ha sido retratada como víctima del racismo, del miedo colectivo y del poder descontrolado de la superstición.
Hoy, su historia es más relevante que nunca. Porque más allá del mito, Tituba representa cómo el miedo a lo desconocido puede convertirse en histeria colectiva, cómo los cuentos inocentes pueden despertar monstruos, y cómo la verdad puede ser sacrificada cuando la sociedad busca culpables.


